El adiós de Juan.

27 12 2009

Soy Juan de las Pelotas.
Docente de profesión, borracho y mujeriego. Irresponsable de mis incoherencias.
Perdón. Responsable de mis incoherencias. Irresponsable.
Prefiero realizar todo sobre la marcha y no planear nada. No me ha ido tan mal.
No duermo. Generalmente no duermo.
Vivo el día como si fuese una novela sin fin.
Me mantengo despierto gracias a ansiolíticos y vitaminas.
Aun así vivo en el mundo de la irrealidad.
Hoy me propuse leer algo que tenía escondido. Vaya a saber Dios por qué.
Me propuse leerlo y lo terminé
Y puedo decir una cosa.
Es la tercera vez en la vida que me siento tan identificado con alguna historia ajena.
Y sé que hasta aquí llegué.
Me despido.
Te quiero.

Soy Lucía Concha.
La última amante reconocida de Juan.
Creo que la última, si no vivió algún amorío paralelo.
Hoy Juan se quitó la vida.
Sobre mi cama se encontraba esta nota, junto con dos libros y una cinta que sus nombres no pueden ser revelados.

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Simple v.5

19 12 2009

Amor de chat





Simple v.4

17 12 2009

Mientras muchos siguen creyendo en la mediocridad de Seis Sombreros para Pensar, la clave de mi éxito pasa por el secret (léase “sicret”) y la remera de Muerte es una puta.

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Desde el escenario: Temporada 5

16 12 2009

Cuando iba caminando con mi mascota por una ciudad dónde no había nada por hacer, decidí de repente entretenerla para que ella pudiera meterse en el sueño de todos ustedes y robarles el alma.
En el momento que decidió hacerse un poco más hombre intentó declararse abstracto en relación a lo que pensaba.
La mascota se llamó Pitchu durante el proceso de alimentación.
Luego un dios griego la adoptó y cambió su nombre a “Chanes”. Además, los griegos la descubrieron realizando obscenidades y tuvieron que terminar con el martirio de mantenerla viva.
Velozmente, pensó: “Creo que esto no da para más”.
Y terminó su vida explotando cada grano de su alma en el instante que optó por sentarse a mi lado y arruinar el resto de mi evaluación.
Ok, necesito hacer el truque ya.
Angelito no paraba de decir pelotudeces.
En un santiamén de estupidez absoluta nuestra mascota volvió a nombrarse porque no se sentía del todo bien.
Optó por un nuevo nombre: Cachito. Aunque el mismo brillase por su ausencia.
Cambiá la hoja, cambiá la hoja, amigo. YA.
Ok, la primera ya está arriba.
Mientras el resto de la gilada seguía haciendo boludeces nuestra mascota decició convertirse en un ángel. Un poco muerto, un poco pelotudo. Pero muy inteligente, por cierto.
Entonces, se invadió de ira Neófila y se acordó en la forma que casi le duermen el pen drive de fin de año.
Se escuchaban risas y teclas de fondo por lo tanto la mascotita se volvía cada vez más intolerante.
Pensó en granos y pensó en café. Pensó en verde.
Tirame la data para hacer el cambiazo.
Esta fiesta es de a tres. Mi mascota, ahora Carlitos, se lo va a empomar a todos.
Ok, este es el momento de actuar.
Chau viejo, pudrite en la concha de tu grano.
Pregunta: ¿Para qué vino Pablito?

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Huele a espíritu adolescente

7 12 2009

Ya teníamos varias noches encima. Aún no éramos los reyes de la noche, pero todo se estaba formando muy de a poco.
Entramos al boliche que daba forma a la historia de nuestros sábados, cómo de costumbre.
Todavía no conocíamos la previa e ingresábamos relativamente temprano. A la noche. Ya habíamos dejado la Matinee. En realidad la noche noche aún no existía. En ese entonces existía la Marathon, que consistía en permanecer en el boliche desde las 19 hasta las 4, los becerros se iban a las 12 y los más grandes quedaban hasta el final.
Como nuestra edad era confusa, quedábamos ahí en el medio, mezclándonos entre las dos tribus. Y pasábamos por desapercibidos.

- “Rata, Rata. Tengo un pedo para mil, boludo. No sé ni yo lo que tomé. ¿Vos que tomaste? Porque yo me re cebé con los chupitos calientes y ahora no puedo mantenerme en pie. Rata estoy re en pedo boludo. Ya no sé que hacer para pilotearla. Encima Adri cae a cada rato con sus piscos. Malditos piscos. Se me da vuelta todo. Mirá, me voy a ir a chamuyar a la gordita. Porque me mira ¿viste? Y además está bastante buena, no tiene nada que ver que sea gordita ¿o si? Yo creo que no, mejor me la voy a chamuyar porque es tetona. Me gusta la gordita, ahora vengo.”

Y eso hice. Me daba cuenta que estaba en pedo pero estaba bastante bien, podía mantener una conversación necesariamente racional. Así que sin dudarla me fui a charlar a la gordita. Que era linda, simpática y tenía todo lo que una pendeja de 16 debía tener.

- “Yo te veo en la peatonal todas las tardes ¿Cómo te llamabas? Porque estoy seguro que sé tu nombre. Ah Julieta. Juli, ahora me acuerdo. ¿Vas al inmaculada, no? Ah que macana che, porque sos re parecida a una Juli del inmaculada. Igual es verdad que te veo cara conocida. ¿Vamos a tomar cerveza?”

Ya curtido con el alcohol invitaba a tomar cerveza a cuanta chica me conversara más de 7 palabras seguidas sin notar en su cara la tan conocida expresión de “qué estúpido, en que momento se irá”.

El problema a todo esto era que Juli era como la cuarta chica que le invitaba una cerveza y me había olvidado de anotar en mi lista temporal de tragos-de-la-noche los chupitos prendidos fuego, los piscos de Adri, la caña de la Rata y los “juguitos de ananá” del Oso colmados en alcohol.

Nos habíamos ido cerca de los guardarropas. Era un lugar tranquilo porque la música no sonaba tan fuerte, se podía conversar y eventualmente transar. Porque así lo llamábamos a fines del 93. Transar. El término estaba bueno y lo siguieron usando las generaciones ulteriores.

Terminada la charla de rutina, tomé coraje y le acerque la boca a Juli recibiendo un caluroso beso. La abrazaba y trataba de sostener el vaso con una mano y con el otro le hacía gestos al Gusano que estaba atrás mío observando el panorama.

Cerré los ojos, dejé de hacer los gestitos pedorros hacía mi amigo y me quise concentrar en el beso.

- “Ahora vengo Juli, me vas a tener que esperar”

Y me fui, sin dudarlo, porque el vómito se escapaba de mi boca. Pisé muchas personas en el camino, recibí patadas y puteadas.

Me fui a los reservados y me senté solo en un sillón que quedaba vacío.
Me quedé no sé cuanto tiempo en ese sillón. Trataba de abrir los ojos pero pesaban como una tonelada cada uno y se me hacía imposible mantenerlos abiertos.

Cuando podía reaccionar abría la boca y vomitaba. Enfrente mío estaba el gordo Rodrigo. También en pedo. Pero él podía aguantar sus vómitos. El gordo me señalaba y se cagaba de la risa. Yo pensaba “gordo hijo de puta de qué mierda te reís”. Pero sólo lo pensaba porque no podía decir una palabra, no tenía fuerza para nada.

Un alma generosa me llevó al baño, hizo que lave mi cara y me puso agua fría en la nuca.
En ese estado volví a buscar a Juli, quien asquerosamente siguió besándome.

Después de un buen rato fui en búsqueda de mis cómplices nocturnos. Estaban todos juntos en el rincón de una de las escaleras. Diciéndole barbaridades a cuanta chica esbelta se cruzara en el camino. Porque eso es lo que hacíamos. Decíamos barbaridades. No existían los piropos ni el chamuyo barato. Eran simples obscenidades sin objetivo de buscar amor perpetuo.

- “Rata no sabés lo mal que me siento. Rata no puedo parar de vomitar”.

Y sin darme cuenta empecé a vomitar sobre la mano de la Rata. En realidad no sé si no me daba cuenta. Lo que sé es que no tenía otra alternativa. La Rata estaba ahí y su mano en el mismo lugar donde mejor iba a calzar mi vómito.

Se cagaba de risa y me mostraba su mano. Por suerte no se lo tomó a mal. Ni él ni nadie a nuestro alrededor. Porque estábamos todos en las mismas condiciones. Del culo.

La Rata se iluminó y le pidió al Moni que nos lleve a un bar a tomar un café. Él era el menos borracho y el que podía llevarnos a tomar algo para sentirnos mejor.
Nos cargó a cada uno en un hombro y nos llevó hasta el bar de un profesor nuestro, donde amablemente nos sirvieron un café doble a cada uno.
Terminado el café vino el último vómito.

Ya estaba en condiciones de regresar a mi casa. Con cero energías. Con una mina a cuestas y con un millón de neuronas menos.

- “Rata… ¿por qué no nos sentamos un ratito en las vías? Está tranquila la noche y yo estoy muy cansado.”

Nos despertamos los dos al rato largo de habernos quedados dormidos inconcientemente en las vías del tren. Fue ese el momento donde caímos en la realidad de que no estábamos en estado de hacer locuras por la noche. Que la noche estaba pensada para descansar.

Puedo decir que la mañana siguiente fue eterna. Que no podía acordarme lo que había hecho la noche anterior. Que no tenía ganas de salir de mi cuarto para que mi familia no me preguntara nada. Porque algo me iban a decir. Porque no recordaba cómo había llegado. Porque no recordaba, a esa altura, que había hecho la noche anterior. Ni recordaba la existencia de Juli. Ni de la Rata. Ni de los piscos de Adri.

Golpearon la puerta. Era mi vieja que venía a darme el teléfono, porque había recibido una llamada.
Era Pablo que me estaba esperando para estudiar y estaba preocupado porque le había dicho que iba a ir por la mañana y aún no tenía novedades mías.

Finalmente reaccioné. Me despertó el olor a vómito que venía de mi remera. Ésta yacía al costado de mi cama.

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Contemplándolo

16 11 2009

Aburrido de esperar contemplé la silueta reflejada en el espejo.
Sin sentido tomé la navaja y comencé a temblar insoportablemente
Sudor.
Había perdido noción del tiempo. Las horas sólo pasaban sin dejar bocanadas de aire.
Tic-tac. El reloj lastimaba mis oídos.
Horas y más horas.
Mis piernas ya no temblaban, mas no podía dejar de contemplar el reflejo.
Entonces lo vi a él.
Viejo y triste.
Firme.
Casi sin sentido.
La mano en alto, los ojos sin expresión.
La navaja hablaba. Pedía a gritos ser utilizada para terminar con el martirio.
Lo vi.
Viejo y triste.
Sus lágrimas, secas a causas de la gran cantidad de tiempo.
La mirada rígida. El reloj y su tic-tac no hacían más que lastimar sobre lo herido.
El espejo quería expresar algo que yo no podía descifrar.
Y ahí me encontraba yo.
Contemplándolo.
Observando como él envejecía.

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Noche estrellada

3 11 2009

Hoy Gustavo cumpliría 32 años y este es mi pequeño homenaje para un amigo que supo acompañarme en todo.
Esta historia fue escrita hace mucho tiempo atrás. Publicada anteriormente en una página de un hermano Cubano cuyos comentarios me han hecho muy bien.
¡Te extraño Gordo!

Conducías vos ¿te acordás?
Si. Esa misma noche, la noche estrellada.
Estrellada por estrellas, estrellada por tu auto.
Yo no recuerdo demasiado, sólo la primera explosión.
La primera fue de estrellas, eso sí está claro.
¡Qué experiencia maravillosa!
Disfruté mucho ese instante. Sólo ese.
Íbamos en tu descapotable, el anaranjado, qué lindo auto.
Yo asomaba mi cabeza por la ventana, ya que el techo me impedía salir de tu descapotable.
¿Por que lo llamábamos así si tenía techo? Eso tampoco lo recuerdo, quizás los golpes.
Veía como se formaban en el cielo, esos círculos blancos enormes.
Al principio desconocíamos su procedencia, pero luego nos dimos cuenta que eran nidos. Nidos de estrellas por explotar.
Y luego: las explosiones, el ruido y miles de estrellas celestes tocando nuestras manos.
Mis manos. Ya que las tuyas… pobre, no quiero recordarlo.
Trataba de recolectarlas, pero no podía. Eran demasiadas.
Yo estaba sentado en el asiento trasero. El asiento del acompañante estaba vacío y sin embargo al lado mió había otra persona.
De esto me di cuenta mucho más tarde, casi al mismo tiempo que observé tus manos.
La otra persona intentó recolectar estrellas. Fracasó también.
Su rostro. Tus manos. Imágenes.
Solo imágenes, dignas de no volver a ser visualizadas.
Cantabas esa triste y endemoniada canción. Aún no logro comprender qué era lo que sentías al escucharla, al cantarla.
Y disfrutabas de ser el piloto de tu descapotable.
La velocidad era increíble, y las estrellas, cada vez más, más y más.
Pero luego de tanta preciosura, escuché la segunda explosión. No vi nada, sólo la escuché junto con tu grito desesperante de “no se asusten, es solo el motor”.
El motor justamente.
Traté de dormir y no pude, ya que tus manos y su rostro me atemorizaban.
Y no podía concentrarme en las estrellas, solo en la próxima explosión.
Enfureciste y comenzaste a gritar, desesperadamente.
Perdiste el control del descapotable y de tu ser. Perdiste nuestro control.
Luego, las estrellas, pero esta vez no iluminaban nuestro camino ni querían rozar nuestras manos.
Provenían de mi cabeza, de tus manos y de su rostro.
Y eran muchas más que las anteriores.
La tercera explosión no la recuerdo. Aparentemente fue mucho más fuerte.
Pero en este momento estábamos en H, tratando de seguir viviendo.
Tratando de divisar algo. De sentir. De ser.
Entonces logré acariciar tu cabeza, y darte esas pequeñas palabras de consuelo que tanto bien te han hecho.
Tu cabeza. Ya que la mía… pobre, no quiero recordarlo.

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Ramona Victoria Epifanía Rufina Ocampo Aguirre.

1 11 2009

Anoche soñé que teníamos una charla placentera.
Tomábamos el té en una casa que podía haber sido la de Victoria Ocampo.
Té de frutos rojos con una rica torta de manzana.
Vos hablabas de tu viejo. De la época en que había sido terrateniente.
Yo te miraba encantado y disfrutaba de la conversación.
Te escuchaba concentrado y bebía ligeros sorbos de té.
En tu habitación se apreciaba un naif estilo Sarah Kay.
Yo te dejaba en ésta, dándote un beso en la frente junto con mi deseo de buenas noches.
Inevitablemente, al despertar, me pregunté por qué sos tan insoportable en la vida real. La puta madre.

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Vomitarás el día.

28 10 2009

Día soleado. Me había afeitado, bañado y perfumado antes de salir a la calle como si supiera que algo trascendental hubiese ido a suceder.
Estaba volviendo de almorzar.
Saqué el celular para mirar la hora y me di cuenta que contaba con quince gloriosos minutos de paz antes de volver al desenfreno de la tarde, encerrado en el verde cubículo de aglomerado y tela gastada por el continuo uso.
Encendí un cigarrillo y me acerqué al cenicero ubicado al lado de una gran columna, anterior a la entrada principal del edificio.
Me enfrenté a ésta y deposité la ceniza en su tumba.
Al darme vuelta sentí que el caballo, la bestia, la pantera de dos patas, la hija de Satanás agarraba mi hombro y me daba un cariñoso beso en la mejilla.

-“¿Cómo estás?”
- “Bien, salí al dar una vuelta porque estaba medio quemado. Es increíble, o no te veo nunca o paso, de repente, a verte todos los días. ¿Vos? ¿Bien?”

Es ese momento me empezaron a temblar las manos y las piernas, el humo empezó a salir entrecortado y no podía decir una palabra.
Estaba nervioso.
Me cagué.
Estaba nervioso, lo admito. Pero me cagué de verdad.
Pedo, flatulencia, gas. Tristeza.
Ella apagó su cigarrillo y me dijo que tenía que subir, que se le hacía tarde.
Hoy mi corazón, mi cabeza y mi culo comparten el síntoma de liberación.
Moraleja: A Nerón le servía. A mí no.

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Simple v.3

14 10 2009

Miércoles 14 de Octubre de 2009, 9:17 hs.
NECESITO que este momento quede registrado.
No voy a contar lo que me sucedió hoy porque implicaría publicar nombres e historias que no hacen al todo.
Pero sí, estoy contento.
No voy a ser papá, ni me voy a casar. Ni estoy por emprender un gran negocio y tampoco voy a plantar un árbol.
Pero el que quiera felicitarme, puede hacerlo.
Gracias.

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